sábado, 17 de enero de 2015

El 25 de enero elecciones generales en Grecia.

10.01.2015

Fernando Magro

Seguramente nunca unas elecciones en otro país europeo tengan tanto interés
para la política española como las que van a tener lugar en Grecia dentro de 15
días.
Es frecuente prestar atención especial a las elecciones en EEUU por su clara
influencia en el resto del mundo y por su espectacularidad y larga preparación.
Pero que se preste mucha atención a las elecciones en Grecia, un país
pequeño y periférico de la UE, con poco más de 11 millones de habitantes y
con un PIB aproximado al 2 por ciento del total de la UE es singular.
La crisis que ya cumple seis años seguramente ha hecho más pequeña a
Europa y especialmente a la zona euro y, aún más singularmente, a los países
del sur de Europa que la están padeciendo con una intensidad y dureza
inexplicable en un entorno que debería ser de solidaridad y no de buenos y
malos, de cumplidores y de despilfarradores, de hormigas y de cigarras.
Seguramente a Grecia, junto al ahora olvidado Chipre, seguidos de cerca de
Portugal, Irlanda y España, les ha tocado lo más duro del ajuste y las cifras que
reflejan el rescate de Grecia son escalofriantes: 25% de su PIB perdido; paro
superior al 27% y del 50% entre los jóvenes; deterioro casi irreversible de los
servicios públicos esenciales; privatizaciones; copagos insoportables por los
más necesitados; despidos muy numerosos de empleados públicos; bajadas de
las pensiones; subidas de impuestos. Y todo ello para conseguir un descenso
poco significativo del déficit primario y con un crecimiento desbocado del a
deuda pública consecuencia de que el reciente y débil crecimiento no da para
todo.
Y en este entorno, que para la troika es de éxito, se van a celebrar las
elecciones anticipadas derivadas de una poca explicada y justificada acción del
presidente Samarás.
Una sociedad en que una parte importante está harta, desengañada,
desesperanzada, indignada y dual va a decidir entre más austeridad y dolor o
dignidad y autonomía para decidir, con responsabilidad, su futuro en un club de
valores formales de democracia, estado de derecho, no injerencia, solidaridad y
respeto mutuo.
Antecedentes.
Desde que se convocaron las elecciones anticipadas y con unos sondeos que
ya vienen indicando desde hace tiempo que muchos griegos están hartos del
ajuste y rescate al que se les ha sometido y quieren y precisan un cambio
radical, han saltado las alarmas porque esa opción de cambio político se
concreta en un partido de la izquierda como Syriza, encabezado por un líder
como Alexis Tsipras cuyo discurso es bien conocido porque se presentó con él
a las elecciones de 2012. Cuestionamiento de la deuda, de su estructura, de su
generación y de su abordaje, como elemento más significativo. Recuperación
de derechos perdidos por los trabajadores y las clases medias, Atención a los
más necesitados de forma urgente para hacer frente a una pobreza intolerable.
Las reacciones de las instituciones de la troika han sido desde ese momento
increíbles y sorprendentes. Descalificación de Syriza y de Tsipras. Miedo a
raudales transmitido a la sociedad griega a través de claras y rotundas
amenazas de expulsión del euro y, con ello, prácticamente de la UE. A eso se
han unido todas las voces de la derecha europea con mayor o menor
intensidad incluidas, como no, las del gobierno español.
Desde que la crisis comenzó no se había asistido a un lamentable espectáculo
antidemocrático como el que se está viviendo en estos días. Ahora parece que
alguien ha reaccionado y ha analizado que esos ataques a la independencia, a
la autonomía y a la dignidad de los griegos pueden ser contraproducentes y se
han suavizado los términos. Ya no se plantea la salida del euro ni del club, ya
se habla de hablar, de negociar, de buscar fórmulas, sí a los griegos se les
ocurre, aunque siempre en mala hora, votar a un partido izquierdista, casi
antisistema y comunista como Syriza, que se atreve a cuestionar el dogma:
reconsiderar la deuda.
El caso desde España.
Estas elecciones se miran con interés especial desde España porque la
situación, con ser distinta, tiene lamentablemente puntos en común. En España
no se ha producido un rescate, se dice, pero ¿qué ha sido si no lo que ha
ocurrido con la banca? 100.000 M€, no es una minucia. Las cifras de paro
próximas al 25% son las segundas después de las griegas. Los recortes en los
servicios públicos sanitarios y educativos ahí están, como los nuevos copagos
farmacéuticos de los pensionistas; la radical reforma laboral, que ha laminado
la negociación colectiva y gran parte de los derechos de los trabajadores no
envidia a la griega. El crecimiento de la deuda pública también ahí está. Cerca
del 100 del PIB desde el 70 en 2011, aunque la griega supere el 170 del PIB.
España sigue con un déficit mayor que el griego. La desigualdad y su
crecimiento han sido mayores que en Grecia. Los índices de pobreza de la
población en general y de la infancia en particular son alarmantes. Y,
seguramente, como consecuencia de todo ello, de esa grieta tremenda en
derechos, en libertades y en desigualdad se ha introducido un malestar
ciudadano que parece que puede expresarse a través también de un partido
nuevo y que hace planteamientos que algunos consideran próximos o similares
a los de Syriza: Podemos, que sorprendió a propios y extraños en las
elecciones europeas de mayo y mantiene en continuo crecimiento su presencia
a través de todos las encuestas.
Seguramente ahí es donde está el interés.
Podemos también cuestiona la deuda. Plantea auditarla casi en la misma línea
que Syriza y también coincide en otros planteamientos frente a Europa, y
también en España 2015 va a ser un año electoral, aún más intenso que en
Grecia. Hay por tanto similitudes de mucha trascendencia y realidad entre
Grecia y España aunque haya que afirmar constantemente, para estar en lo
políticamente correcto, que Grecia no es España y ello dicho con el suficiente
énfasis de superioridad a favor de España.
El 25 de enero por la noche.
En primer lugar hay que afirmar que se estará muy atento a los resultados, que
solo pueden ser realmente dos: o gana Tsipras y con el sistema electoral
griego es el encargado de formar gobierno, o gana Nueva Democracia;
Samarás, de nuevo.
Por supuesto que ni a uno ni a otro le será fácil ganando, la formación de
gobierno, pero desde luego se le ayudará desde fuera mucho más a Samarás
que a Tsipras, aunque el final sea el mismo, uno u otro al frente del gobierno
griego.
Opción Tsipras.
Será bienvenida por los progresistas españoles. Lamentablemente lo será
seguramente en menor intensidad que lo sería sino estuviera presente
Podemos. Es preciso matizar esta observación. Para Podemos lo que ocurra
en Grecia es claramente un elemento de referencia pero significará que a partir
de ese momento el marcaje, las descalificaciones y el miedo a su consolidación
por parte de la derecha española y, sobre todo europea, se va a intensificar, lo
que presumiblemente les lleve a ser discretos en su celebración del resultado
griego. Por las direcciones de IU y del PSOE puede valorarse que ese
resultado beneficia a una mayor consolidación de Podemos y a una mayor
polarización que puede ser de una enorme complejidad gestionar y explicar. Lo
que parece claro para todo lo que está a la izquierda del PP es que la
intensidad de la propaganda del miedo por parte de la derecha, del gobierno y
de sus socios europeos se intensificará, lo que polarizará de forma aún mayor
la actual dualidad política que la gestión de la crisis va a llevar al diseño y
desarrollo de las elecciones municipales y autonómicas de mayo.
Opción Samarás.
Pareciendo hoy lo menos probable puede responder a la eficacia del voto del
miedo que ahora parece buscarse de una manera menos explícita, pero en
modo alguno abandonada. Miedo pero con otros mecanismos de comunicación
menos directos. La derecha europea y sus instituciones que son las que rigen
la Unión, expresarían un gran alivio e inmediatamente verían justificadas y
convalidadas sus políticas de ajuste duro, lo que frenaría cualquier veleidad de
revisión del actual modelo de austeridad. Frenarían aún más a Draghi y sus
planteamientos de compra de deuda soberana y de incremento del balance del
BCE con más liquidez. El gobierno consideraría el resultado como un refuerzo
de sus políticas y la propaganda se incrementaría de forma triunfal contra
posiciones de riesgo como las que puede representar, especialmente,
Podemos. Por supuesto que el efecto estaría por ver y se podría hacer cierto
aquello de que España no es Grecia. Seguramente este resultado, no querido,
aliviaría en cierta manera a Podemos, porque le dejarían algo más tranquilo al
considerarlo más debilitado. El deseo de que esto ocurra por parte del gobierno
es evidente y las últimas apariciones “plásticas” lo ponen de manifiesto. Rajoy
del brazo de Samarás y Cameron en la manifestación de París contra el
terrorismo islamista, y de otra forma, también muy nítida, en las
manifestaciones del ministro Guindos sobre el particular, en la Sexta
entrevistado por Ana Pastor, avisando con dramatismo y cinismo de lo que
pudiera significar cualquier veleidad sobre el pago de la deuda por cualquiera.
Deuda que requerirá una aportación de 240.000 M€ en 2015 para hacer frente
a intereses y amortizaciones y que se dedica, según el ministro, al pago de
pensiones, sanidad, educación, sueldos de funcionarios, dependencia y todo lo
habido y por haber, y que dejarían de aportarnos o lo harían a un mayor coste,
los que ahora creen en España, si alguien planteara la mínima revisión de
pagos. Parece que en España no hay presupuesto y que los impuestos se
gastan en corrupción y no en el pago de los servicios públicos.
El 26 de enero y siguientes.
Partiendo de la opción de que gane en Grecia Syriza y Tsipras logre formar
gobierno, la situación a partir de ese momento no será dramática pero si muy
incómoda para la derecha europea y para la derecha española, en mayor
medida, por las inevitables similitudes negativas con Grecia en determinados
aspectos importantes de las consecuencias de la crisis, especialmente el
desempleo. Lo que se pondría en evidencia es que la ciudadanía en
democracia es soberana y en este caso valiente. Que las presiones y los
brutales ajustes de la crisis tienen y pueden tener respuestas democráticas y
por tanto pacíficas y constructivas, y que otra manera de gestionar la crisis es
posible.
Seguro que se asistiría a una renegociación de las condiciones del rescate
griego y que Grecia se procuraría mantener en el euro y en la UE. Esa
renegociación conduciría presumiblemente a una nueva aportación de liquidez,
menos condicionada, ese tercer rescate, que no sería inferior a 40.00050.000
M€, de los que España debería aportar en la forma que se acordara no menos
del 1013
por ciento; 40006000
M€.
Si este fuera el escenario es claro que constituiría una referencia muy presente
en el debate, ya cada vez más próximo, de las elecciones municipales y
autonómicas, como antesala de las generales de noviembre. Y en ese caso el
debate favorecería las opciones de Podemos que por ello vería incrementada,
aún más, toda la presión sobre sus propuestas y sus riesgos, pero que serían
más difícilmente justificables dado que muchos de los que dicen que están por
votar esta opción, no lo hacen hoy tanto por sus propuestas, sino por lo que
significan de ruptura del “statu quo” bipartidista al que se muestra mucho
pudieran ver, además, en Podemos, una alternativa real para renegociar un
atemperamiento de las intolerables y duras condiciones del ajuste, que por
indicación o mandato de la UE está ejecutando el gobierno del PP, con gusto,
para acoplarlo, además, a su programa máximo.
En ese escenario el resto de la izquierda tendría que hacer con rapidez una
revisión de sus actuales planteamientos. El PSOE también tendría que clarificar
sus posiciones con relación a sus propuestas en relación con la política de
austeridad y estas se acercarían inevitablemente a las de Podemos, con lo que
la búsqueda de las diferencias y distancias con esta nueva fuerza política se
harán cada vez más complejas y pueden verse más como tácticas electorales,
que como creíbles planeamientos estratégicos de gobierno. IU aún lo tendrá
más difícil al no haber formado parte nunca de una opción de gobierno y
representar en estos momentos la parte más débil y de perfiles menos nítidos y
diferenciales con Podemos como fuerza nueva emergente.
Conclusión.
El 25 de enero no va a ser una fecha políticamente indiferente como podría
esperarse de unas elecciones en un pequeño país europeo.
Se trata de una referencia para valorar por vez primera en un país rescatado y
con políticas de especial dureza, la respuesta democrática de la ciudadanía.
Solo hay dos opciones: o la convalidación de esas duras políticas de ajuste
estimuladas por el miedo y la desesperación, o la denuncia de las mismas que
expresen la rabia y la desesperación de una población responsable y madura
que dice basta, y ello, sin rupturas inventadas, sino con seriedad y dignidad
para mantenerse dentro de una Europa que es valorada positivamente, a pesar
de esas políticas insolidarias.
Si el resultado es de denuncia del ajuste y de la opción libre y valiente por una
nueva manera de entender la salida de la crisis, se abren expectativas en esa
dirección en los países del sur europeo que han sido especialmente
maltratados por los acreedores del norte. Portugal y España de forma especial,
pero con referencias nítidas para afrontar los cambios necesarios también en
Italia. En ese escenario ya no se trata de un país que representa al 2 por ciento
del PIB sino de un entorno político, social y económico de especial importancia
para la estabilidad y futuro de la UE en otro entorno de política económica que
valore la importancia de incentivar el crecimiento para luchar activamente
contra el desempleo como principal objetivo por encima de las necesarias y
convenientes consolidaciones presupuestarias.
En todos estos países hay opciones políticas progresistas alternativas para
liderar esa posición de forma coordinada, que es lo que se teme por la mayoría
conservadora europea y, de ahí, el nerviosismo y la preocupación por lo que
pase el 25 de enero den Grecia, como prueba política real y emulable
Sobre la deuda.
Haciendo referencia solo a la deuda pública, ya que si se cuenta la total,
pública y privada, el asunto es más complejo y diferente en los distintos pises
en crisis dentro de la UE, es preciso señalar que no se encuentra a ningún
economista que defienda con argumentos creíbles y constatables que en
países en crisis como los del sur de Europa: Portugal, Grecia, Chipre, España e
incluso Italia, con deudas públicas superiores al 100 de su PIB y con
crecimientos inferiores al 3 por ciento, en el mejor de los casos, y con unas
inflaciones negativas o tendentes a cero, esas deudas puedan pagarse a medio
plazo. Es evidente que ese crecimiento no es suficiente para tener un
presupuesto primario excedentario, una vez descontada la abultada partida de
los intereses de la deuda. Los ingresos tendrían que crecer por encima de los
gastos de forma muy importante y ello a la vez que se mantienen los
compromisos con un mantenimiento básico del estado de bienestar; y eso
requiere un mayor crecimiento que el esperado en esos países. Ese excedente
es el único que pudiera hacer disminuir lentamente la deuda lo que, además,
se vería contrarrestado por el efecto de una inflación negativa como la que se
vislumbra en 2015 y que lo que hace, en términos reales, es incrementar en su
valor matemático el montante de la misma. Sí hay otros muchos economistas,
que ante esta realidad insoslayable, piden un replanteamiento de dicha deuda y
eso solo puede hacerse o aumentando plazos de amortización, o bajando
intereses, o condonando parte de la misma, o mutualizándola, o con una
mezcla de todas esas posibilidades.
Unos muy breves números: Suponiendo que en España en 2015 se crezca al
2.5%, y que se mantiene las condiciones favorables del precio del petróleo, y
que la balanza por cuenta corriente vuelve a ser positiva, del 1.5 del PIB, y que
se crean 300.000 empleos y disminuye el paro en 300.000: así en esas
condiciones poco probables, el déficit público del conjunto de las AAPP para
2015 el gobierno no lo cifraría en menos del 4% del PIB. Con ello, a los 25.000
M€ de crecimiento, aplicándoles una fiscalidad generosa del 40%, se
conseguirían unos ingresos extras de 10.000 M€. Pero con la reforma fiscal se
dejarían de ingresar 4.000 M€. Bajaría el gasto por desempleo en 2.500 M€ y el
déficit de la seguridad social sería de 7000 M€. El resultado final es que la
deuda pública seguiría aumentando en al menos 30.000 M€, (el gobierno
calcula 50.000 M€ en sus cifras de recurso al mercado por parte del Tesoro). Si
la inflación bajara 1 punto, el valor real de esa deuda, se incrementaría en otros
10.000 M€. ¿Alguien cree posible que puedan darse situaciones tan favorables
para amortizar esa deuda? Y todo ello en un entorno en el que el coste medio
de esa deuda sigue bajando una décima anual y se ha colocado en un 3.3%
con lo que sus intereses son ahora 5.000 M€ menos que los de 2014. Hay
otra posibilidad, que la prima de riesgo vuelva a subir y entonces ¿hay alguna
alternativa?

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