sábado, 6 de junio de 2015

Alfredo

Dos no pactan si uno no quiere
Un editorial de El País de título: Unidos y centrados, publicado el 31 de mayo, lleva como subtítulo: El PSOE debe renunciar al radicalismo en sus pactos de gobierno.
Ya en el texto, vuelve a insistir con el adjetivo que, para El País, parece corresponder a lo más abominable en política: radicalismo. Y lo expresa en el siguiente párrafo: “Pedro Sánchez sabe que los electores han situado a su partido en el centro del cambio político y que los socialistas tienen la enorme responsabilidad de no ceder al radicalismo para conseguir su legítimo objetivo de gobernar en todos los lugares en los que pueda, recuperando el poder ante su adversario natural, el PP”.
Debe ser consecuencia de la edad, pero no tengo la noción de que el radicalismo sea algo nefario, ya que en España hubo varios partidos con la palabra radical en sus siglas en los que militaban personas de orden. De más moderno a más antiguo, en cuanto a gobierno se refiere,  tengo noticia de los siguientes:
Ø  Partido Republicano Radical, liderado por Alejandro Lerroux, llamado El Emperador del Paralelo, que formó gobierno con Azaña – como sabemos otro peligroso radical- al que Aznar, tan peligroso radical como ambos, confiesa leer habitualmente. En 1933 ese partido ganó las elecciones y gobernó apoyado por la Confederación de Derechas Autónomas, la CEDA, auspiciada por personas tan peligrosamente radicales como Herrera Oria, que llegó a cardenal. La CEDA, que no consiguió en las elecciones de 1933 el sueño que su grito de ¡a por los trescientos! auguraba, entró a los pocos meses en el gobierno Lerroux. Y un notorio fascista, Franco, no tuvo empacho en obedecer las órdenes de esos radicales para acabar con la revolución asturiana. ¡Caramba con los radicales con piel de cordero!
Ø  Partido Radical Demócrata, fundado en plena 2ª Republica por Diego Martínez Barrios. A este partido se unió el entonces alcalde de Madrid, Pedro Rico. También otro peligroso radical, que tiene en el Edificio Capitol una placa en su honor. Supongo que si al final es alcaldesa “esa señora” tan liberal ella, ordenará suprimirla, al igual que quiere hacer con los Agentes de Movilidad.
Ø  Partido Republicano Radical Socialista, cuyo líder, Marcelino Domingo, participó activamente en los gobiernos de Azaña. Sus estatutos definían al partido como laico, republicano y liberal social.
Ø  Partido Demócrata Radical, que lideraron dos personas de ley y orden como Manuel Ruiz Zorrilla y Cristino Martos. Estos líderes pertenecían al Partido Progresista, y crearon el Partido Demócrata Radical, cuando el General Prim  fue asesinado en la entonces calle Del Turco, hoy Marqués de Cubas. Fue la corrupción moral y económica del reinado de Isabel II, tan parecida a la de nuestros días, lo que les hizo apellidarse “Radical”, porque deseaban sanear España hasta la raíz. Y los componentes de ese partido eran tan peligroso radicales que Ruiz Zorrilla fue primer ministro en el reinado de Amadeo de Saboya, conocido en los libros de historia con el sobrenombre de “El Radical”.
Pero es que existen partidos  con el apellido “Radical” en países tan revolucionarios como Suiza y Dinamarca, amén de en Chile, Argentina – qué peligroso radical fue el presidente Raúl Alfonsín- Paraguay, Francia e Italia.
Mi cerebro, educado en la Lógica filosófica y en la lógica del álgebra booleana, empezó a resentirse al ver la discrepancia existente entre el sentido que El País le da al adjetivo radical, y el hecho de que personas de ley y orden – Herrera Oria como escribí más arriba llegó a cardenal-, pacten con los radicales, así como que respetables partidos políticos lleven ese mismo adjetivo y no sean ni execrados ni prohibidos.
Cuando me ocurre algo así acudo al “almacén de las palabras”. ¿Qué acepciones tiene el  diccionario para el adjetivo radical? La tercera dice: “Partidario de reformas extremas, especialmente en sentido democrático”. Evidentemente el quid está en lo de “en sentido democrático”; no son terribles revolucionarios.
Inmediatamente reflexiono: la Contrarreforma Laboral, obra de la ministra Báñez, pero aprobada por el gobierno Rajoy y el grupo parlamentario del PP en el Congreso, es, según esa definición, una ley radical porque es extrema y se promulgó en democracia. Es la primera ley que promulgó el PP, y es radical porque eliminó de raíz los derechos de los trabajadores.
Esa reforma radical de las leyes laborales ha permitido que sean legales contratos como el de las azafatas y los azafatos de Air Europa, 1.400,  a los que se ha hecho indefinidos – una ayudita del presidente de esa aerolínea, Hidalgo, a las estadísticas de Báñez- en unas condiciones que hace menos de 4 años – cuando gobernaba el malvado Zapatero- se hubieran considerado de esclavitud por el PP y sus voceros mediáticos: 101 días pagados al año y sin que puedan trabajar para otras aerolíneas en los más de dos tercios de año que están parados. A parte de no ganar para comer, sus contribuciones a la SS son también menores en un 72,28 %, lo que es nocivo para sus futuras pensiones y para las de los actuales pensionistas.
Al llegar a este punto, y constatar por lo anterior que también es radical el PP, el partido donde milita “esa señora” que tiene desde hace meses la palabra radical en la boca, y a la que asustan los soviets de barrio, estuve al borde la apoplejía.
Por suerte vino en mi auxilio un hada madrina a la que leo todos los domingos, doña Soledad Gallego-Díaz. En su artículo La conocida histeria política (El País 31 de mayo de 2015), escribe lo siguiente:
“El concepto de “histeria política” se lo inventó un teórico húngaro, István Bibó (1911-1979), que analizó cómo algunos Estados democráticos eran incapaces de cumplir sus propias normas y cómo la palabra “democracia” sufría, a menudo, un uso tan extensivo que arrastraba una mala aplicación”. (…)Ser demócrata, escribió, es, ante todo, no tener miedo. No tener miedo al funcionamiento de las normas del Estado democrático”.
Y esa es la cuestión, como denuncia doña Soledad, que las élites económicas y políticas cuando con sus actuaciones provocan problemas que no saben resolver, dicen que es un problema irresoluble. Así durante más de 15 años estuvimos sometidos al “pensamiento único”; desde el hundimiento del banco Lehman Brothers ese pensamiento único es el de la austeridad, complementado con la destrucción de los derechos de las personas que trabajan. 
Ahora, en España, a esos poderes fácticos financieros y económicos les ha entrado la histeria política, tienen miedo de pagar por lo que han cometido, y quieren transmitir su propio miedo a los ciudadanos. Los que en Argentina llaman periodistas militantes lanzan mensajes, y esos mensajes expresan un pensamiento único  que “alza en mí las máquinas del miedo”, como escribió Cortazar en “Los Reyes”.
Gracias al artículo de doña Soledad salí del riesgo de infarto cerebral: ellos son, por su histeria, los que abrazan el radicalismo; ellos son los radicales. Nos llaman radicales a los que deseamos que nuestros impuestos se repartan según otras prioridades; a los que deseamos la libertad de expresión artículo 20.1(a de la CE, y no la Ley Mordaza; a los que, ateniéndonos al Artículo 14 de la CE, queremos que no exista discriminación por razón de raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.
Ellos son los radicales que emplean el conocido: llámailo tú fía, llámailo tú primeru pa que non te lu llame.

Más adelante, en el citado artículo, nos  alerta la señora Gallego-Díaz de que los poderes fácticos “quieren convertir problemas políticos perfectamente discutibles en asuntos intratables. Afortunadamente, la sociedad española es ya lo suficientemente madura como para que la artimaña no tenga éxito”. Amén. A la vista de los resultados de las elecciones locales empiezo a creer que sí lo es.
Volviendo al Editorial comentado en este blog, le doy la razón a El País en la necesidad que los socialistas sean de carné, o sean simpatizantes, hagan buena la primera parte del título del citado editorial: Unidos. Y subscribo lo que en el Editorial se escribe: “los socialistas tienen que superar sus disputas internas y avanzar unidos estos seis meses que restan para las generales”.
Desgraciadamente algunos de los e-mails que recibí, y que me hicieron redactar el blog anterior, más que escritos razonados son navajas cachicuernas.

Analizo ahora la posibilidad de pactos. Para ello utilizo algo que aprendí de pequeñito: pesca son los peces que están en la mar, y pescado son los peces que al final de la marea te llevas a casa en la cesta. Los votos son la pesca; el poder político que alcanzas con ellos son el pescado.
Por ello veo los pacto difíciles, porque lo que Ciutadan’s y Podemos  llaman líneas rojas, parecen exigencias  para disculparse ante los ciudadanos españoles por no pactar. Tiene razón el Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez, cuando dice en la entrevista que Anabel Díez le hizo en El País (30/05/2015): “Podemos será responsable de que la izquierda gobierne o no”.
Si se analizan las citadas líneas rojas de Ciutadan’s se comprende que las que hace al PP son brindis al sol; exigir a Cristina Cifuentes para pactar con ella que el PP haga primarias, y sus listas sean abiertas, es pedir la luna porque no depende de ella; por eso, a los pocos días rebajó a cero esas exigencias conformándose con un escrito acordándolo para cuando se pueda, lo cual es papel mojado; es querer pactar con el PP.
Sin embargo sus exigencias al PSOE tienen otro nivel: por ejemplo que no suba los impuestos, cosa paradójica cuando en su programa Ciutadan’s lleva subir el IVA, que es el impuesto más regresivo e injusto; es una excusa para no pactar.
Pero donde queda de manifiesto su deseo de pactar solo con el PP, con UPN, o con FAC, es en el caso de la investidura de Susana Díaz. Aunque  sé que Albert Rivera ha dicho varias paridas desde la elecciones andaluzas, no creo que se le haya reblandecido tanto la sesera e ignore que la señora Díaz no puede obligar a que el señor Chaves renuncie a su acta en el Congreso, porque solo el elegido por los españoles, el propio Chaves, puede renunciar. No le creo tan enriscado en la política catalana como para desconocer las instrucciones inquisitoriales que hace la juez Alaya, y para desconocer que esta juez ya tiene plaza de magistrada en el TSJA y, por tanto, ya no le corresponde presidir un juzgado de instrucción; pero parece que a ella el Consejo General –dominado por el PP- sí la va a autorizar a seguir, mientras que al juez  Ruz le metieron tanta prisa que casi no le dejaron ni retirar sus papeles del despacho.
No creo que Albert Rivera sea tan ingenuo que desconozca que al PP, con un presidente de Comunidad Autónoma condenado por corrupción, con el expresidente de la Diputación de Castellón en la cárcel, y con otros que se libraron de ella por poco, no le vale la foto de Griñán entrando en la cárcel porque su condena – por otra parte improbable- sería la de una persona particular, pero no de un partido político. El PP necesita la foto de Chaves  entrando en la cárcel, pero no por ser expresidente de Andalucía sino por haber sido hasta hace pocos meses Presidente del PSOE; necesita que se condene en él al partido. Y esa entrada en la cárcel con las consecuencias citadas es lo que ocurriría si Chaves pierde el aforamiento. Por tanto esconderse para no apoyar la investidura detrás de los posibles indicios de los que habla la juez Alaya, es una excusa de mal pagador; Chaves no renunciará al acta hasta que la juez Alaya se retire a su nueva sala en el TSJA o hasta que el acta decaiga por la convocatoria de elecciones generales.
En cuanto a Podemos soy escéptico. Si IU en Extremadura tuvo que aceptar que Pablo Escobar le diera la Comunidad a Monago – bien lo pagó ahora-, dudo que Iglesias pueda frenar a algunos Círculos, por ejemplo en Andalucía, donde su cabeza de lista, Teresa Rodríguez, ha hablado estos días de “rumores de pactos oscuros”, cayendo en lo más abyecto del discurso de la “casta” que consiste en hacer juicios de intención de quienes considera enemigos. ¿Se ha vuelto “casta”, por un casual, doña Teresa? ¿O es que el olor del poder hace que algunos reaccionen como los tiburones al olor de la sangre, y que no sean ni castos ni cautos?

Alfredo Sancho Cavo  

1 comentario:

  1. Amigo Alfredo, he leído tu aportación al blog colectivo de nuestra tertulia y me adhiero a todas tus opiniones sobre el radicalismo y sobre las connotaciones que sobre el mismo hace Rajoy, este gran intelectual político español, sobre los graves peligros que se ciernen sobre la sociedad española si todos nos hiciéramos radicales. A lo que aspiramos es a que la decencia, honradez y honestidad se extiendan sobre la sociedad y mucho más entre los gobernantes y todo aquel cuya actividad incida sobre el resto de sus conciudadanos.
    Yo, que tengo muchísima menos cultura que tu, he rebuscado en Internet y te adjunto alguna cosa que he encontrado sobre radicalismo político británico. Seguro que tú podrás encontrar cosas más adecuadas e interesantes.

    En el asunto de la falta de voluntad de pactar de una y otra parte ya no estoy tan de pleno acuerdo contigo.
    Los distintos partidos que deben de ponerse de acuerdo tienen, además de la fuerza de los últimos votos conseguidos, el bagaje de su vida anterior que para algunas cosas son alas para seguir subiendo en la estima y en otras son maletas pesadas que no consiguen soltar y les hacen muy difícil esa subida.
    Los partidos emergentes pueden maniobrar sin tener en cuenta ese bagaje (equipaje) y con esa ligereza de equipaje- que diría Machado- pueden ponerse duros y exigentes.
    Esto es una consideración muy superficial y que seguro que encontrarás argumentos para rebatírmela.
    Un saludo y nos vemos en casa de Fernando.
    Nacimiento del Radicalismo en Gran Bretaña
    El término radicalismo fue introducido por el diputado en la Cámara de los Comunes, Charles James Fox en 1797 (en plena Revolución francesa) manifestando que el Estado exigía una «reforma radical»2 del sistema electoral, en sus palabras el sufragio universal. En ese tiempo en Reino Unido el sufragio era limitado a los terratenientes).
    El movimiento radical tuvo sus inicios en un momento de tensión entre las colonias de América y Gran Bretaña, con los primeros radicales, enojados por el estado de la Cámara de los Comunes, aprovechando la tradición niveladora y de manera similar exigiendo una mejor representación parlamentaria. Estos conceptos anteriores de reforma democrática e incluso igualitaria

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