viernes, 15 de mayo de 2015

Los cojines de Rato
El rocambolesco incidente entre Rato y la costurera, me lo
ha rememorado la catarata de noticias sobre el hundimiento de esa “casa Usher” en que se ha convertido el PP. Aunque sucedió el verano pasado ha vuelto a tener actualidad porque explica muchas cosas.

Me interesé por él porque, com.o escribo más arriba, parecía algo rocambolesco; porque sucedió durante mi estancia en Gijón; porque mi hermana es amiga de la dueña de la casa de arreglos: y por el personaje: gente del “Clan del Roma”, el bar de la calle Serrano.

Para quienes no frecuentasen al final de los años sesenta el barrio de Salamanca, aclaro la mención al citado clan: en esos años, los cachorros de los franquistas triunfantes – iban ya por el XXXIV Año Triunfal – tenían dos lugares de reunión: la cafetería Roma, y la cervecería El Aguilucho, luego abrió otro bar, Zosca, al que también acudían, pero duró poco tiempo abierto.

Los varones del clan llegaban a esos establecimiento haciendo tintinear las llaves de sus coches -entonces poseer un coche era un símbolo de elevado estatus social- y portando unos guantes cuya palma era de cuero, el dorso de croché en color blanco o crema, con las cuatro  fundas correspondientes a los dedos largos cortadas a la altura de las falanginas,  lo que dejaba ver las extremidades de los dedos. Era el modelo utilizado por Fangio y por el marqués de Portazgo para conducir sus bólidos.
Nada más aparecer en el local se dirigían a los suyos y decían: ¡Chico he subido Perdices a 140! – entonces la parte de la carretera de La Coruña conocida como “Cuesta de las Perdices” era su autódromo particular. Si quien escuchaba era del género femenino, por ejemplo Esperanza Aguirre, aumentaban la velocidad en 20 o 30 kilómetros.
Para dirigirse a sus iguales no empleaban lo apelativos que surgieron años más tarde: tío, tronco, colega, macho, etcétera; solo utilizaban chico y chica. Escucharles me resultaba estomagante.

Y ahora el relato; relato que una vez supuestas las razones de Rato para proceder así ya no parece tan rocambolesco:

En una tienda gijonesa de arreglos de ropa, se presentó una tarde Rodrigo Rato con dos enormes y pesados cojines; ambos estaban descosidos por una esquina. Le pidió a la costurera que reparase el descosido, quedando de pasar a recogerlo cuando estuvieran arreglados; ésta le dijo que los tendría listos en una semana.  
Pero, como en el romance, pasó un día y otro día/ un mes y otro mes pasó/ más de Madrid no volvía/Rato que a Madrid partió.

El comercio de la costurera es apenas un chiscón, por lo que los cojines  estorbaban a la artesana, que, viendo que Rato ni aparecía ni se ponía en contacto con ella, a pesar de que habían pasado más de dos meses desde que depositó los tantas veces citados cojines, ni corta ni perezosa llamó a una organización benéfica fundada a principios del siglo pasado, de mucho arraigo en Gijón, ofreciéndoselos para que los vendiera, puesto que por el rico brocado que los cubría aparentaban ser muy valiosos. Al menos eso es lo que ella le contó a mi hermana

Ya entrado el otoño la dueña de la tienda vio que un Porsche Carrera paraba a su puerta, de él salió Rato tintineando las llaves del coche, entró en el establecimiento reclamando a la costurera los dos prendas que le había entregado para reparar. Ella le respondió que las había regalado a una ONG; Rato se tomó muy mal tal noticia y amenazó con demandarla, a lo que la dueña del comercio le respondió que en el albarán de depósito que le había entregado, figuraba una nota en la que se advertía de que si pasado un mes desde la fecha prevista de entrega no se retiraba la prenda llevada a reparar, ésta sería vendida – parece ser que esa cláusula se utiliza en todos los talleres de arreglos de ropa-.
Rato, después de repetidas amenazas a la costurera, salió escopeteado hacía el local de la organización benéfica, en la que no le supieron dar razón del paradero de los cojines.

Hasta aquí lo que declaró la costurera a la prensa, y le contó a mi hermana.

Y ahora el revés de la trama; tan tupida como las de los cojines:
Imagínate amigo lector, que tuvieras en la caja fuerte de tu chalet 1 millón  de euros en billetes de 500 €, y que es dinero negro; sé que te costará mucho trabajo imaginar lo que representa esa cantidad, pero inténtalo.

Imagínate, también, que una tarde de verano alguien bien relacionado con la Policía  te advierte que entre los jefes se rumorea que la Fiscalía está preparando una orden de inspección de tus cuentas y domicilios.
Tú, que por la prensa has conocido las inspecciones que la Policía, y la Guardia Civil, han realizado de sedes de partidos y sindicatos de izquierdas, te alarmarías.
Sé honesto y reconoce que lo primero que pensarías seria  poner fuera de la vista el dinero que tienes guardado en tu chalet; pero para  una cantidad tan grande no sabes a quién o a qué recurrir  - lo de la caja de galletas enterrada en el jardín, como hizo la presidenta de Unión Mallorquina, no te ofrece ninguna confianza-.

Imagínate que, a fuerza de pensar, recuerdas que de pequeño has oído a tus mayores comentar que la familia de tu madre  había ocultado billetes de 1.000 pesetas en esos mismos cojines. La ocultación fue durante los años de la guerra, y entonces 1.000 pesetas tenían, más o menos, el mismo valor adquisitivo que los actuales 500 euros.

La idea te parecerá perfecta porque ¿qué caja de banco más a salvo de una inspección policiaca?, ¿qué lugar menos sospechoso de ocultar dinero que una tienda de arreglos? Por ello preparas unos sobres de gran tamaño para poder meter muchos billetes de 500 euros sin que alcancen un grosor grande, y pegas varios de esos sobres al revés de la trama.
¿Qué pensarías tú si pasados dos meses no recibes ningún recadito de la Agencia Tributaria? Pensarías que había sido una falsa alarma.
¿Qué harías? Coger tu Porsche Carrera, e ir a  buscar los cojines.
Pero no habías  contado con el factor humano: la costurera; a ti eso te provocó una gran pérdida de dinero; por el contrario, a los que descubrieron el tesoro en los cojines les supuso una gran alegría: les pareció haber encontrado la cueva de Alí-Babá, aunque el número de ladrones no sean cuarenta, sino muchísimos más.
Ahora se anda buscando al culpable de hacer poner en marcha la “operación catarsis”, con la que el PP pretende cubrir sus vergüenzas.
¡Averígüelo Vargas! Eso no es lo importante, lo importante es que los ciudadanos reaccionemos y les expulsemos de la Política.

Alfredo Sancho Cavo

   

1 comentario:

  1. Esta sugerencia opinativa y atrevida de Alfredo puede tener su base de verosimilitud.
    Si Alfredo estuviera acertado, cosa que nunca sabremos, la estupidez del que fuera máximi responsable del FMi y de la Vicepresidencia y la economía de un estado como España alcanzaría cotas dificieles de alcanzar por los vulgares ciudadanos que no guardaríamos dentro de un almohadón ni siquiera el abono transporte. ¡¡Manda cojines!!

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